...Y Julio Verne pidió un deseo | BEKULTURA

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…Y Julio Verne pidió un deseo

Por Alberto D. Prieto
9/febrero/2021

Es lunes y leo una pequeña biografía sobre Julio Verne cuando suena el teléfono. Justo me interrumpe el soniquete de pavos de mi móvil en el momento en el que las páginas me empiezan a adentrar en el cambio de tono que sufrió la obra del genio de Nantes. Cuando transicionó del optimismo ante el futuro que le anticipaban los avances tecnológicos al pesimismo que le invadió tras haber comprobado que éstos se habían puesto al servicio de la vileza humana. Cuando pasó de la utopía en el séptimo cielo de sus ‘Cinco semanas en globo’ a la distopía del ‘París en el siglo XX’, más parecido a este Madrid del XXI y que, en todo caso, seguro que agradeció a San Pedro haber habitado poco el 24 de marzo de 1905, día en que llegó a las puertas del cielo.

La pantalla del aparato me saca de mi ensoñamiento. Soy periodista y, como tal, un frustrado por todas las habilidades que me faltan (o en las que no me he atrevido a fracasar). Así que si algo disfruto en esta vida es salir de la mía y habitar las de otros, ésos a los que admiro y transitan este mundo haciendo las cosas que a mí me dan envidia. O que incluso, me inspiran en esas noches del alma en las que acuestas la realidad y elevas los deseos imaginando un futuro creativo, en el que pinto el paisaje del amanecer y salgo luego a pescar desde una barquita recién desatada de un pantalán natural junto a mi choza de la playa… o así.

Mientras los pavos del móvil se desgañitan por mi atención, la pantalla dice que al otro lado acaba de marcar mi número alguien del Ministerio de Cultura. Ando en las últimas semanas tratando de estrechar mi relación con ellos. Vuelvo a lo de antes, soy periodista y en este oficio nadie hace nada gratis et amore. Y no me refiero a que alguien pague bien, que no, sino a que por el interés te quiero Andrés.

No es que yo desee nada bueno (ni malo) a Rodríguez Uribes. Ni, por supuesto, su equipo de prensa gasta un minuto en preocuparse por el bienestar de este gacetillero. Pero cuando descuelgo, nos decimos cosas agradables de un lado al otro de la línea: yo, en lugar de reprocharles las cosas que no hace a los responsables de las políticas en artes y espectáculos, le propongo contar mejor las que sí impulsa. Y a cambio de mi oferta pido un poquito de atención y ventajas respecto a otros reporteros.

Como nadie es tonto, nos entendemos. Y a pesar de que mi planteamiento es un puro eufemismo, la respuesta no es a mis palabras, sino a su significado. Y desde la mesa de quien le lleva la relación con los medios al ministro me agradecen los desvelos a los que sin duda me llevarán mis esfuerzos para que al mundo le quede claro que nadie antes, en el gabinete gubernativo, planteó, sometió al Consejo y aprobó un plan de ayudas sectorial. Que fue él quien lo hizo, y que aunque pareció que tardaba mucho, no fueron más de cinco semanas las que pasaron desde el ‘lockdown’ hasta que lo logró, y que no lo olvidemos, fueron los de la farándula los primeros profesionales cuyo oficio fue protegido específicamente en esta pandemia.

Y yo, que sí, que vaya poco caso que le hemos hecho los medios a eso, ¿verdad? Pero que para que se sepa, hay que contarlo bien, como en una novela por entregas, generando interés, ¡hay que crear un relato! Y que Cultura es un departamento maldito, porque los periodistas de política no se ocupan de él y los de la sección de artes y espectáculos se limitan al glamour de los estrenos, las entrevistas y las galas de premios.

…y que claro, nadie lo cuenta bien …y que, claro, no basta con poner 66 millones en ayudas directas y 780 en liquidez y financiación; que hay que contarlo …y que así, pues a lo mejor el público se convence de que la Cultura es segura …y que, bueno, que yo me encargo si hace falta, que la comunicación lo es todo, que genera ecosistema, que por favor me uséis para lo que queráis …y que tengo muchos amigos que viven de esto, a los que adoro, y que algunos son geniales, pero que estos días (estos meses, este año) comen latas porque no les da para más.

…y que la realidad no es lo que era, y que para eso está el teatro, carajo, y el cine, y los libros …y que quién compra libros hoy, o discos, quién va a conciertos, si no es en un recinto enorme …y que ésos son imposibles para casi todos, que la clase media del faranduleo se ha convertido en baja …y que aun así son ellos, los músicos, los dramaturgos, las escritoras, pintores, escultoras, fotógrafos, incluso los productores y empresarios los que…

¡y los técnicos!… me recuerda la voz que sale del teléfono desde el despachito del Ministerio. Los técnicos también, que los estamos incluyendo en el nuevo decreto, que eso tampoco se cuenta.

Y colgamos, y me quedo pensando en Jorge, en Luis, en Roberta, en Eugenio y en Armando, en Marc, Nacho y Virginia, en Esteban, en Mercedes… y en que me gustaría cambiar los papeles por un rato. Ser yo el que escriba una utopía para ellos. Y ser yo el que los haga vivir una ilusión con mi relato, en el que vuelva a subir el telón entre acordes de overtura; se abran las exposiciones y vendan otra vez sus originales; las salas se llenen y los de abajo gritemos “¡otra, otra!”; en el que paguemos de nuevo la entrada e invitemos a palomitas a la chica para que tarde un poquito más en llorar esta vez en su butaca, pero que lo haga casi en la nuestra; en el que abramos unas páginas en tapa dura y aspiremos el maravilloso aroma que desprende el papel entintado de una novela, de un ensayo, de un poemario.

Pero cuelgas y vuelve a ser lunes, 8 de febrero. Y esto es el Madrid del virus y la Filomena: a las nueve está todo cerrado y ni siquiera puedes invitarles a cerveza para, desde mi teoría del que lo cuenta y su práctica de quien lo (des)vive, tratar de desentrañar cuándo y cómo bajó el telón, cayeron las ventas y los conciertos se tornaron virtuales. Cuándo tuvimos que entregar hasta lo más sagrado del aplauso a la tecnología del clic. Cuándo se pinchó el globo y nos caímos al frío suelo de la Gran Vía desierta.

Dejo el móvil en el sofá, me levanto y voy a la nevera. Saco una birra que ni siquiera tiene alcohol (en casa, las bebo sin) y vuelvo al librito de Verne, que predijo tantas cosas antes de que se cumplieran, en su mejor o en su peor versión… y que justo iba por ahí, por ese momento en que pasó de divulgador de ilusiones a relator de frustraciones.

En la solapa de la cubierta, junto a su famosa fotito de señor ya barbudo y canoso, me fijo en que (curioso) precisamente hoy es su aniversario: 8 de febrero de 1828… y sonrío, porque en los cumpleaños se piden deseos, ¿no? Vosotros, continuad el espectáculo. Relatemos la utopía. Soplad con Verne, amigos.

Alberto D. Prieto
Periodista desde 1997 y máster en Marketing digital desde 2017. Especializado en información internacional y política nacional. Amante de la cultura. Ejerzo el periodismo con independencia.