De Caperucita a loba en sólo seis tíos… y un par de margaritas

Alberto D. Prieto 

Cuando me subí a la moto el otro día ya eran pasadas las cinco. Llevaba un par de margaritas alegrándome el espíritu, una pieza de política que escribir para el periódico que me rondaba la sesera, y un embrión para el argumento de esta columna. Para no traicionar mi trama, había hecho falta ocultarle a una buena amiga, durante toda la sobremesa, que el finde pasado fui al teatro, y que vi De Caperucita a loba en sólo seis tíos, de Marta González de Vega, en el Fígaro de Madrid. Y que luego había almorzado y tomado unas copas por el centro con la autora del monólogo, una amalgama informe de otras chicas, y con mi compadre Max.

 

De vez en cuando quedo a comer con Bárbara. Uno hace lo que le da la gana a la hora del almuerzo, si el trabajo le deja. Y lo hace con quien se deja. Ella me deja… al fin y al cabo, yo me la inventé. O eso me digo.

 

Por ahora y desde que ella lo sabe (va para cuatro años), nunca se ha ofendido cuando le he recordado que es un personaje de novela, y que sólo a veces la vuelvo de carne y hueso. Porque a veces me divierte quedar con mi vieja amiga pero, en realidad, estar con mi personaje.

 

Uno no elige a sus musas. De hecho, Emma Bovary ya estaba ahí antes de que yo posara mis ojos sobre ella, a los 18 o así… Y en la vida real pasa igual: de adolescente te crees el rey del mundo, y no sabes que el desenlace de cualquier trama de amor es el naufragio. Así, uno le pone al personaje de Flaubert el rostro y el cuerpo de la chica de sus sueños. O forzando mucho y como fue mi caso, le inventa planteamiento, nudo y desenlace a una chica que  le fascinó de manera fugaz una tarde de fin de curso.

 

Luego pasa que la vida te lleva, y aquel personaje se queda atrapado por el paso de los años, otras obsesiones femeninas, un matrimonio con hijas y todo eso a lo que llaman madurar y echar canas. …atrapado en un archivo de cuando escribíamos en Word, y no en la nube.

 

Pero como en la obra de la Caperucita que se torna en loba, el mundo real es el que inspira la trama. Y la chica de verdad sigue viva y coleando. Y, como pasa en la obra de teatro, pasadas unas cuantas temporadas, la serie de la vida te devuelve un personaje. Y ella hoy, de vez en cuando, se divierte escuchándome, cuando le cuento cosas del papel que le di en mi novela. O se sorprende de cuánto se parecen ella, la de verdad, y ella, la inventada.

La Caperucita tornada en loba del Fígaro lleva cinco años ininterrumpidos de éxito, y verlo en el escenario supera, con mucho, al libro escrito

 

O quizá se lo hace, vete tú a saber, que también la de mi imaginación hay ocasiones en que, si me pilla en calma, consigue que la escuche y me obliga a sentarme para abrir el ordenador y escribir escenas de su historia. Hace tiempo que no, eso es cierto. Y sólo quedo con su versión real, y nos hartamos de margaritas, y nos contamos qué tal la vida, los niños y los ex, lo de ahora y lo que venga. Nos relatamos la novela.

 

En esta ocasión, cuando salió un poco el sol tras las carnitas y los tacos, nos salimos a la terraza a pillar el calorcito de los primeros días de marzo, ésos que iluminan los cerezos que florecieron en febrero. Y nos pedimos unas copas para hablar de cosas de cuarentones, lo que somos.

 

Yo le hice trampa, porque no le dije en ningún momento cómo se parecía todo lo que hablábamos a la función que había visto el finde anterior. Ni que Marta, después de bajar del escenario, me había explicado cómo le surgió la idea de escribir ese libro de humor trágico con el que, quizá sin quererlo, hacía como Cervantes y su Quijote con las obras de autuayuda. Cómo estudio (de verdad) a Punset, y cómo surgió la idea de hacer de todo eso un monólogo hilarante.

 

Bárbara y yo hablábamos de cómo somos los tíos, aun pasados los 40, y de cómo vosotras os hacéis cuentos de hadas con cada uno que os hace tilín, aunque sea de una noche (si la noche es buena y él luego se esfuma)… y de que, en verdad, cuando nosotros nos topamos con la princesa de nuestra propia novela, los papeles se dan la vuelta. Y es el príncipe el atontao, una vez enamorao.

 

Quizá por eso Disney ahora sólo hace personajes masculinos idiotas. Porque ya toca, o porque las chicas de hoy han crecido y ya se niegan a seguir atrapadas en ese mundo viejuno. Quizá de eso hablábamos mi amiga y yo, de nuestras hijas respectivas y no de nosotros. Quizá por eso lo de la Caperucita tornada en loba del Fígaro lleva cinco años ininterrumpidos de éxito, y verlo en el escenario supera, con mucho, al libro escrito.

 

Quizá. Porque, como en mi almuerzo del otro día,  basta pararse y decidir, todos podemos elegir el personaje de nuestra novela. Y aunque la trama la ponga un escribano externo (tan mundano como yo, tan brillante como Marta o el mismo Dios), siempre podemos convertir cualquier drama en comedia… y pedir otro margarita para reírnos del desenlace. De todos los desenlaces.

 


De Caperucita a loba en sólo seis tíos
Del 16 de enero al 27 de junio
Teatro Fígaro, Madrid

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario