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Sorolla en Jávea/ hasta el 16 de enero de 2022

Málaga

22 de octubre al 16 de enero

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Joaquín Sorolla (1863-1923) descubre Jávea en el otoño de 1896. Para el pintor, que cuenta treinta y tres años, el entorno paisajístico del lugar fue toda una revelación. Sorolla estaba familiarizado con los paisajes marítimos de las playas de su Valencia natal, donde había pasado largas jornadas tomando apuntes y pintando escenas costumbristas de pescadores en sus barcas, pescadoras en la playa realizando faenas diversas, niños jugando en la orilla, bueyes arrastrando barcas, etc.

Sin embargo, en Jávea Sorolla se topa con un paisaje natural totalmente distinto al de las costas llanas, extensas y arenosas del golfo de Valencia. Allí descubre los espacios montañosos del imponente macizo del Montgó, con su prolongación hasta el mar en el cabo de San Antonio, o los acantilados majestuosos en torno al cabo de la Nao. Este relieve costero montañoso proporciona una configuración del litoral abrupta, con una orografía intrincada formada por cabos, acantilados, barrancos, islotes y calas. Y todo ello con el telón de fondo de las inmensas y cristalinas aguas del mar Mediterráneo y aderezado por las múltiples tonalidades de verdes ofrecidas por la vegetación existente en el paisaje natural de Jávea.

En definitiva, allí encontró Sorolla un panorama marítimo y terrestre pleno de belleza que pintaría apasionadamente en sus cuatro estancias de 1896, 1898, 1900 y 1905 y que le hizo profundizar en su propia pintura, marcando una evolución en su plástica. En Jávea descubrió unos efectos lumínicos sobre el paisaje, sobre el mar y las rocas, de una vibración, intensidad y variabilidad de coloraciones que hasta entonces no había experimentado y que le harán avanzar hacia nuevos planteamientos pictóricos.

Como muestra de este Sorolla en plenitud, cuyo arte se transforma en contacto con la belleza de Jávea, esta exposición reúne una veintena de obras procedentes del Museo Sorolla y pintadas en varias de sus campañas pictóricas, sobre todo en la de 1905, en momento de madurez creativa al que pertenece, también, Rocas de Jávea y el bote blanco, de la colección Carmen Thyssen. Profundamente atraído y emocionado por cuanto le rodeaba, Sorolla experimentó y evolucionó hacia nuevas propuestas plásticas ante las costas de una Jávea «sublime, inmensa, lo mejor que conozco para pintar».

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